El estudio de Arizona State University confirma algo que muchos intuíamos: los centros de datos de IA no solo consumen electricidad y agua, también calientan su entorno. En Phoenix los investigadores midieron un aumento medio de 1,6 ºF y picos de hasta 4 ºF (2,2 ºC) en las zonas expuestas al viento, con efectos detectables hasta 500 metros de distancia, según el estudio publicado el 20/05/2026.

¿Qué midió el estudio y qué significa ese 2,2 ºC?

Los autores montaron sensores de alta precisión en vehículos y compararon la temperatura del aire antes y después de pasar junto a las instalaciones. Los hallazgos clave: las salidas de los sistemas de refrigeración estaban entre 14 y 25 ºF por encima de la temperatura ambiente, las zonas a favor del viento mostraron una media 1,6 ºF mayor y picos de 4 ºF (2,2 ºC) respecto a zonas de referencia (estudio de Arizona State University, 20/05/2026). El alcance del efecto se registró hasta 500 metros de las instalaciones. Además, el informe pone en perspectiva la magnitud térmica: un solo centro de datos puede generar calor residual equivalente al consumo térmico de una pequeña ciudad de 40.000 hogares (estudio ASU, 2026). Estos números no son anécdota: deben incorporarse a las evaluaciones ambientales cuando se aprueban nuevas plantas.

¿Nos puede pasar en Argentina y en otras ciudades de LATAM?

Sí. El fenómeno físico es universal: calor expulsado por enfriamiento convectivo se suma al microclima urbano. En España la nota cita proyectos en Zaragoza de Amazon y Microsoft en áreas periurbanas; en LATAM las tendencias son las mismas: nueva demanda de cómputo cerca de centros urbanos por conectividad y logística. A escala global, la demanda energética de centros y transmisión de datos ya representa una porción relevante del consumo eléctrico; por ejemplo, la Agencia Internacional de la Energía reportó que los centros de datos y la transmisión de datos representaron alrededor de 1% del consumo eléctrico mundial en 2021 (IEA, 2021). Si la capacidad de cómputo proyectada se duplica para 2030 —como indica el estudio ASU respecto a la tendencia de crecimiento— el efecto térmico sin mitigación también se ampliará, con impacto en la factura energética y en la salud térmica de barrios cercanos. Para ciudades argentinas con déficit energético regional, esto es materialmente relevante.

¿Qué hacemos ahora? Regulación, diseño y auditoría operativa

Primero, exigir estudio de impacto térmico y mediciones in situ antes de autorizar obras. El estudio de Arizona State University demuestra que los efectos son topológicos y medibles hasta 500 m; eso permite reglas claras sobre distancias y orientación de salidas de aire. Segundo, incorporar mitigaciones de diseño: reorientación de exhausts, barreras verdes, reutilización del calor para calefacción urbana cuando sea posible y control de horarios de carga. Tercero, imponer auditorías externas periódicas de consumo y de huella térmica, con datos abiertos que permitan verificar cumplimiento. Esto encaja con una posición previa: apoyamos auditorías independientes, transparencia y minimización de telemetría en despliegues de infraestructura tecnológica. No se trata de frenar la inversión, sino de exigir que la inversión traiga beneficios locales sin convertir barrios en islas de calor.

Conclusión práctica para emprendedores y municipios

Para quien decide dónde ubicar una carga de cómputo o para quien negocia incentivos: pedir datos. Exigir mapas de dispersión térmica, simulaciones y compromisos de mitigación antes de firmar incentivos fiscales. Si un centro puede generar calor comparable al de 40.000 hogares y su capacidad puede duplicarse hacia 2030 (estudio ASU, 2026), la planificación urbana debe integrar estas externalidades. Vemos una ventana para convertir riesgo en ventaja: proyectos que reutilicen calor, que reduzcan la carga en la red y que sean transparentes ganarán legitimidad social y operativa. La regla es simple: tecnología que no considere su impacto local no es buena inversión para la comunidad ni para quien la financia.